sábado, 27 de octubre de 2012

Destruyendo y creando opiniones

Otro día de clases, otro día normal… Ella miraba al grupo, perdiendo el interés constantemente, haciendo foco asiduamente en distintas direcciones. En realidad había alguien en quien sí tenía interés, pero ella no lo quería aceptar, así que intentaba atribuirle interés a otras personas, pero, por más que quería, no lo lograba.

—Hola —dijo él, quien siempre, sin querer, lograba aparecer de repente sin que ella lo notara—. ¿Puedo hacerte compañía? —La pregunta fue hecha por mera cortesía, pues él, habiendo tomado la decisión, ya estaba sentándose a su lado—.
—Deja de hacer eso. Sabes que me molesta que hables sin que me dé cuenta de que te has acercado.
—¿Entonces qué?, ¿quieres que alguno de mis lacayos te anuncie mi llegada cuando esté en camino?

Ella lo miró como con desprecio, pero en realidad fue el primer gesto que se le ocurrió hacer como respuesta a lo que él dijo; no sabía si reír o no, pues en el fondo esos comentarios sí le causaban gracia.

Entre ellos, de manera no consciente, se manifestaba una competencia de egos: ella demostraba un tanto su repudio hacia él porque no toleraba que alguien fuera «arrogante», también demostraba un tanto su aceptación hacia él porque, aunque sólo los tontos son los que suelen ser arrogantes, él, por alguna razón, no lo era, sino que daba señales de ser muy interesante y muy inteligente también. Siempre ocurría algo que cambiara las cosas; por ejemplo, si a ella él le empezaba a parecer una excelente persona, él decía un comentario altanero, que usualmente solía ser acerca de la inteligencia de las personas; si él todo un día se mostraba irritante, repentinamente sorprendía con muestras de buenos modales y cortesía.

«¿Te gusto?», le escribió él en una nota. «Desgraciado. ¿Qué se cree? Ya se había tardado, sólo vino a fastidiarme el maldito», pensaba ella mientras respondía la nota. «¡Ja! ¿El que se cree guapo no vino?». Ella esperaba una respuesta a lo que le había respondido, quería ver cuál era la intención de él al querer molestarla; «él siempre tiene una intención al fastidiar a la gente», solía pensar ella al observarlo con otras personas. No obstante, al mirarlo atentamente, observó que él, al leer la nota, arqueó la ceja, respiró profundo y se levantó de aquel asiento. Ella lo vio alto y notó que ya no la voltearía a ver. Cuando él estuvo por dar su primer paso para irse, ella por alguna razón supo que si lo dejaba ir, se podría arrepentir, así que cuando pudo darse cuenta, tenía ya sus manos agarrando la manga de su saco. Él se detuvo sorprendido, se sonrojó sin perder la postura, y, sin mirarla, ocupó nuevamente el asiento. Ella giró el papel y apuntó con la mano temblorosa: «Sí, me gustas». Ella lo observó mirando la nota por varios segundos, pensó otra vez que él sólo vino a molestarla y había logrado lo que quería con esa respuesta; en realidad, lo que pasaba por la mente de él era alegría y temor combinados: se estaba dando el valor para decirle algo importante…

Comenzó a escribir y ella curiosamente pudo leer las primeras palabras: «Te propongo lo siguiente…». Al leer tales palabras, ella sospechó que sería algo muy interesante y decidió esperar a que terminara de escribir su idea y mientras no pudo evitar observarlo. «Siempre tiene esa maldita mueca en la boca: no sé si estará molesto y siempre por eso busca hacer lo que suele hacer o si estará sonriente por la misma razón», comenzó a divagar mientras él parecía titubear al son de su escritura. Él le entregó la nota y la observó fijamente. «Te propongo lo siguiente —decía la nota—: te propongo la facilidad de descubrir cada uno de mis defectos», ella sonrió, pensando que leía una misiva atascada de soberbia, «si tú, a cambio, me dejas contar cada una de tus virtudes». Ella se sorprendió sobremanera, apenas iba a pensar qué responderle cuando vio su mirada, que no era la usual, la retadora; era más bien como expresiva, sí…, expresaba cariño. Ella estaba a punto de escribir, cuando él le susurró:

—Te propongo que nos amemos…

martes, 4 de septiembre de 2012

Mi ruta y mi rutina

Acabo de notar que existe una rutina cuando llego a mi fraccionamiento. Siempre que desciendo del transporte público, al esperar que avance el vehículo para cruzar la avenida, respiro hondo —quizás para inyectarme de energía, tal vez positiva, y llegar de buenas a mi casa—, enderezo mi torso y me dispongo a disfrutar el corto tramo que tengo que caminar. Cuando hago mi acción, que de hecho ya es de rito, una joven se me queda viendo, siempre la misma. Antes pude haber pensado que era por casualidad, por dejar escapar su mente de la prisión en la que se encuentra su cuerpo dentro de un objeto que reúne a tantas personas como si fueran sardinas, por curiosidad o por que le llamara la atención los movimientos un tanto exagerados que hube hecho en esos momentos… Pero qué raro, hoy descubrí que me observa, sentí su mirada siguiendo todos mis ademanes, la vi y no me quitaba la mirada de encima. Me da pudor. Si supiera que no me interesa devolverle las miradas, ni el interés ni siquiera tantito tiempo. Chistoso que lo diga yo, pero mis miradas serán sólo para una persona, el interés también y lo mismo con mi tiempo… Ja, me enamoré. Aymé que no me reconozco.

miércoles, 4 de julio de 2012

Lo mismo daría

Yo sólo espero que el día en que me acabe de decepcionar de la vida, cuando sienta el corazón tan oprimido que no aguante las ganas de llorar, cuando no haya ni una sola persona que, si no hacerme sonreír, pueda provocarme al menos una mueca… ese día preferiría morir… o encontrarme un gran fajo de billetes, lo mismo daría.

martes, 22 de mayo de 2012

Todavía la recuerdo

Todavía la recuerdo: era hermosa. Me encantaba verla como la dueña, más que de su espacio, del momento.

Los rayos de luna traspasaban las cortinas blancas de la ventana, iluminando un cuadro fotográfico detrás suyo. Se oía claramente la voz de Freddie Mercury, aunque la música no estaba sobre los diez decibeles. El display del estéreo tenía una animación que marcaba los graves y agudos de la música: hacía juego con el momento.

La escena era más bien como un descubrimiento: al adentrarme a la penumbra, caían sobre mí las nubes de humo que hacían pesada la atmósfera. Un sonido peculiar al que hace la lumbre se hacía acompañar por un pequeño aro rojo que consumía su cigarrillo.

¡Esos labios de amargura tan atractivos! Mira cómo los presiona… mira cómo los destensa…

El humo vuelve a esconderla.

Esa piel clara, ese cabello tan obscuro.

Una nube cubre la luna y una última inhalada extingue la llama. Todo se torna invisible y yo me largo a respirar.

domingo, 26 de febrero de 2012

Oxxos y melancolía

«Melancolía» se me hace una palabra exagerada. ¿Pero qué otra puedo ocupar para esta tristeza vaga?
«Tristeza» también suena exagerado…
Tal vez sólo estaba... —Sí, estaba. Tajante la oración, pero completa la idea—.

Ya se quería ir de ahí, ¿para qué había llegado?, ¿qué diablos buscaba?
No conocía la ciudad. Era así como un turista.
Ja, ¿«turista»? ¡No! ¡Turista, no! ¡Qué exageración! ¡Si ni siquiera le gustó esa ciudad!

—Este billete es para el camión —decía mientras miraba el interior de la cartera y apartaba con un dedo el billete referido—, y estos otros dos, apenas para sobrevivir esta semana. —Y como no entendiendo lo que acababa de decir, o como aquél que está harto de escuchar, sacó uno de los tres billetes y decidido entró al Oxxo…
—Hola. Bienvenido. ¿Qué va a llevar?

Le gusta entrar a los Oxxos, todos son iguales. Se siente en confianza… como si estuviera cerca de casa.
Al abrir la puerta para salir, hizo una mueca exagerada, fruncía su rostro en un intento de proteger su vista de la luz. Ya era tarde, el sol estaba escondido tras los edificios, y, no obstante, la luz del exterior irritaba sus ojos. «Siempre olvido esas gafas, caray», pensaba mientras abría la cajetilla.

Desde hace unos meses, cada vez que fuma, no ha podido evitar recordar las letras de Guso. Siempre ríe de forma confusa cuando lo recuerda: es ridículo que siempre piense en lo mismo… ridículo, pero le agrada.
[…] se arrojan por mi boca los malos momentos del día.
 Esas palabras son las que le hacían sonreír. Recordarlas producían un efecto como de «hacerse una limpia», figurativamente hablando.

El camión se detuvo y su puerta se abrió frente a él.
—¿A dónde vas? Bien, son veintisiete pesos.
Sin buscar lugares libres, se quedó en el primer asiento que a simple vista se veía acogedor, y por su amplio tamaño lo invitaba a quedarse ahí.
—Oh. Maldita sea. Olvidé mi libro —dijo para sí mientras se dejaba caer pesadamente sobre el asiento, haciéndose de una vez a la idea de que se quedaría dormido viendo la misma línea intermitente a lo largo de la carretera.



jueves, 23 de febrero de 2012

Baños y letras libres

Ya sé que entrar a un baño público no es algo para presumir…, pero, según yo, si no es relevante leer lo que la gente llega a escribir en las paredes, es muy entretenido y hasta divertido.
Lo bonito de esas paredes es que, si el dueño de los baños no tiene dinero para pintarlas, ¡nunca hay censura! Lo que abunda más son números telefónicos y groserías que buscan agredir a quien las lea. Se encuentran también conversaciones respecto a gente de lugares aledaños:

—El Gabo ni sabe jugar futbol.
—Sí, ¡se burla solo!
—¡Sólo toca el balón con su cara!
—¡Tráguense ésta, culeros! .|. eL GAb0 zthuv0 aki.

Podemos encontrar que la gente aconseja cada cosa:

—Mastúrbense.

Y la gente animosa sí responde:

—¡Ah, puerco! Pinta tu cola.
—Ya. Se sintió chido.
—Ya ni me voy a sentar aquí. D:
—No lo había pensado, pero ya que lo dices…

Existen agresiones dirigidas hacia los líderes políticos.

También hay quienes redactan versos para el baño, muy populares por cierto:
No hay placer más exquisito
que cagar bien despacito.
En este lugar sagrado
el que de escribir versos se acuerda
no me vengan a decir
que es un poeta de mierda.
Tanto desestrés, caray. Cada frase cargada de intensidad, de ganas de liberar algo. Lo que más me llamó la atención fue una frase que con desenfado decía «Hola a todos. Tengan un muy bonito día». Me hizo sentir mal como persona.


viernes, 30 de septiembre de 2011

Marco

—Anda, ya vete.
—Ya no quiero irme, me siento tan bien aquí.
—Todavía no perteneces a lo nuestro.
—¿Qué tengo que hacer?
—Vete ya…

—Embotellamientos aquí y allá…
—¿Qué hora es?
—Esto se debe a la tremenda granizada que apareció durante la madrugada.
—¿Y mi reloj?
—¡Hace un frío tremendo!
—Ah, ¡por fin! —Gritó mientras se caía de la cama—.  ¡Las seis treinta! ¡Llegaré tarde a la escuela!
—Por favor, amigos conductores, tengan muchísimo cuidado. Ahora escuchemos el nuevo sencillo de…

Así es como Marco empezaba su día, uno entre tantos otros, pero, aun así, uno diferente.

—¡Taxi! —Marco trataba de aguantar el frío de la mañana mientras esperaba—. A la universidad, por favor.
—¡Qué frío, ¿verdad, joven?!
Marco no contestó. Tenía la mente distraída, no sabía en qué, pero ya no se sentía él mismo. Estaba acostumbrado siempre a platicar con todos y acerca de cualquier tema, y, sin embargo, en esta ocasión no estaba dispuesto a responder  sobre cosas nimias ni obvias.
—Son treinta y cinco pesos.
—¿Eh? Sí, aquí tiene —Así, pues, se dirigió a su salón de clases sin, siquiera, mirar a sus amigos (algo que jamás en la vida haría).
—Muy buenos días, jóvenes —exclamó el profesor—. Qué bueno verlos en clase no importando el clima que hace.
Muchos rieron entre dientes.
—¡Marco!, andas muy distraído. Tú pasarás primero. Sí estudiaste tu tema, ¿verdad?
Marco nunca estudiaba lo que los profesores le pedían, pero él era autodidacta para muchísimas otras cosas de su interés. Daba la casualidad que, sin querer, el tema lo dominaba a la perfección. Él no suele ser muy elocuente, pero quizá por el hecho de que su mente estuviera "flotando", quizá por eso, tuvo una tremenda facultad para expresarse, ni siquiera lo notó, él ya quería irse, y apenas acababa de llegar.
—¡Excelente, Marco!, tu nota es un diez —le dijo mientras ya la estaba escribiendo en su lista—. ¿Alguien tiene alguna duda? —Se dirigió hacia al grupo.
Obviamente nadie la tendría, la explicación fue un deleite para todos, hasta para la típica niña que se dormía en clases.
Marco se dirigió hacia su asiento, de alguna manera se sentía perturbado, pero no sabía por qué. Noel, su compañero, era el siguiente en exponer. Marco siempre ha odiado escuchar a sus compañeros, sin embargo lo hacía, los escuchaba atentamente, pues son sus compañeros. Esta vez sería la excepción, no está dispuesto a perder su tiempo con una bola de ignorantes. Entonces, sacó discretamente su libro, y comenzó a leer, olvidando que había vida a su alrededor; bueno, la vida real está entre las hojas del libro que lee. «Aquí la gente es gente, y no máquinas de apariencias ni costumbres», pensaba mientras leía.
—Muy bien, chicos —dijo el profesor—, la sesión ha terminado. Los espero mañana con el ensayo que les encargué hace unos días.
La siguiente clase sería inglés, que por cierto es la favorita de Marco. A Marco le encanta aprender todo idioma posible. Pero en esta ocasión, él no quería estar tan rodeado de gente. Marco guardó su libro en la mochila y sacó un reproductor de música y sus audífonos. Se fue a su café preferido escuchando a Vicente Gayo. ¡Qué antojo de un moka!

—Hola —saludó una muchacha a Marco.
—Hola —contestó, sin prestarle mucha atención.
—¿Por qué no pruebas el té Chai?, está buenísimo en verdad —ahincó la muchacha esperando a que él la mirara.
—Demasiado tarde, pero gracias —dijo mientras escogía otra pista de audio.
—Hace mucho que no te veía —suspiró.
—¿Qué dices? —Dijo con extrañeza mientras se quitaba los audífonos—. ¡Brenda!, ¡Brenda! —Exclamaba mientras se ponía de pie y abría los brazos para recibirla con afecto—. Maravilloso. Qué bueno es verte.
—Hola, Marco —decía mientras recibía el abrazo—. Tanto tiempo.
Entre ellos había una extraña amistad. Ninguno de los dos sabía en dónde vivía el otro, pero, aun así, eran excelentes amigos. Lo único que sabían de sí eran sus números del celular, pero Marco siempre perdía cada móvil que tenía en manos; así que fue imposible comunicarse más, hasta ahora.
En este café se conocieron, aquí se besaron, se abrazaron, se dieron afecto, bromearon, lloraron y jugaron ajedrez.
Cuatro horas pasaron para que se pusieran al tanto de sus vidas y, sin quererlo, se enamoraran por el solo hecho de sentir que se necesitaban desde siempre. Brenda le dijo que quería viajar por todo el país, explorarlo e investigarlo hasta el fin sin tener un solo centavo. A Marco le pareció maravillosa la idea, Brenda con un gran placer lo invitó a que se uniera. Tan locos los dos que ese mismo día se fueron…

Vivieron felices por mucho tiempo. Hicieron el amor en lugares solitarios, en lugares públicos, en la playa y en la montaña; conocieron los lugares más hermosos del país; y conocieron a la gente más extremista de todas. Sus vidas fueron de lo mejor, y, quizá, murieron atropellados… No lo sé, yo me voy a dormir, pues es muy tarde.