Ni siquiera recuerdo tu rostro. No recuerdo ni tus facciones ni el color de tu piel.
Solo puedo recordar tus ojos. La culpa la tienen ellos, que me capturaban y no me permitían saber exactamente cómo eras. Sólo saber lo profundo que era tu mirada.
Ya ni recuerdo tu rostro.
Como si me importara.
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martes, 28 de octubre de 2014
viernes, 7 de diciembre de 2012
No es que quisiera recordar
Helo allí, yaciendo sobre su lecho, echado sobre su costado izquierdo, mirando fijamente… hacia la nada…, hacia sí mismo: sus recuerdos. No es que quisiera recordar, sólo quería dormir y ya no saberse solo o abandonado, que, para el caso, es lo mismo. No es que quisiera recordar, sólo no paraba de pensar en el mar de circunstancias que lo llevaron a ese punto, a su soledad inmensa—porque, para algunas mentes, la inmensidad tiene límites y lapsos—. No es que quisiera recordar, sólo no puede evitar añorarla.
Helo allí, pensando en que los escritores de todas las canciones que escuchaba hubieron, en su momento, pensado en ella también. Sólo quería que esa voz que extrañaba tanto le dijera que todo estaría bien, que todo seguiría como antes, mejorando. No es que quisiera recordar, sólo quería sentirse protegido entre sus brazos, pudiendo dormir con toda tranquilidad de saber que así se hundiría en la inmensidad de su amor. No es que quisiera recordar, pero anhelando eso, pensaba en cuánto amor él hubo creado en el momento de abrazarla, queriendo que nunca nada ocurriera, perdiéndose en la inmensidad de amor que existía mientras era consciente de que velaba sus sueños. Pero, como dije antes, para algunas mentes… la inmensidad tiene límites y lapsos.
Helo allí, pensando en que los escritores de todas las canciones que escuchaba hubieron, en su momento, pensado en ella también. Sólo quería que esa voz que extrañaba tanto le dijera que todo estaría bien, que todo seguiría como antes, mejorando. No es que quisiera recordar, sólo quería sentirse protegido entre sus brazos, pudiendo dormir con toda tranquilidad de saber que así se hundiría en la inmensidad de su amor. No es que quisiera recordar, pero anhelando eso, pensaba en cuánto amor él hubo creado en el momento de abrazarla, queriendo que nunca nada ocurriera, perdiéndose en la inmensidad de amor que existía mientras era consciente de que velaba sus sueños. Pero, como dije antes, para algunas mentes… la inmensidad tiene límites y lapsos.
miércoles, 4 de julio de 2012
Lo mismo daría
Yo sólo espero que el día en que me acabe de decepcionar de la vida, cuando sienta el corazón tan oprimido que no aguante las ganas de llorar, cuando no haya ni una sola persona que, si no hacerme sonreír, pueda provocarme al menos una mueca… ese día preferiría morir… o encontrarme un gran fajo de billetes, lo mismo daría.
domingo, 26 de febrero de 2012
Oxxos y melancolía
«Melancolía» se me hace una palabra exagerada. ¿Pero qué otra puedo ocupar para esta tristeza vaga?
«Tristeza» también suena exagerado…
Tal vez sólo estaba... —Sí, estaba. Tajante la oración, pero completa la idea—.
Ya se quería ir de ahí, ¿para qué había llegado?, ¿qué diablos buscaba?
No conocía la ciudad. Era así como un turista.
Ja, ¿«turista»? ¡No! ¡Turista, no! ¡Qué exageración! ¡Si ni siquiera le gustó esa ciudad!
—Este billete es para el camión —decía mientras miraba el interior de la cartera y apartaba con un dedo el billete referido—, y estos otros dos, apenas para sobrevivir esta semana. —Y como no entendiendo lo que acababa de decir, o como aquél que está harto de escuchar, sacó uno de los tres billetes y decidido entró al Oxxo…
—Hola. Bienvenido. ¿Qué va a llevar?
Le gusta entrar a los Oxxos, todos son iguales. Se siente en confianza… como si estuviera cerca de casa.
Al abrir la puerta para salir, hizo una mueca exagerada, fruncía su rostro en un intento de proteger su vista de la luz. Ya era tarde, el sol estaba escondido tras los edificios, y, no obstante, la luz del exterior irritaba sus ojos. «Siempre olvido esas gafas, caray», pensaba mientras abría la cajetilla.
Desde hace unos meses, cada vez que fuma, no ha podido evitar recordar las letras de Guso. Siempre ríe de forma confusa cuando lo recuerda: es ridículo que siempre piense en lo mismo… ridículo, pero le agrada.
El camión se detuvo y su puerta se abrió frente a él.
—¿A dónde vas? Bien, son veintisiete pesos.
Sin buscar lugares libres, se quedó en el primer asiento que a simple vista se veía acogedor, y por su amplio tamaño lo invitaba a quedarse ahí.
—Oh. Maldita sea. Olvidé mi libro —dijo para sí mientras se dejaba caer pesadamente sobre el asiento, haciéndose de una vez a la idea de que se quedaría dormido viendo la misma línea intermitente a lo largo de la carretera.
«Tristeza» también suena exagerado…
Tal vez sólo estaba... —Sí, estaba. Tajante la oración, pero completa la idea—.
Ya se quería ir de ahí, ¿para qué había llegado?, ¿qué diablos buscaba?
No conocía la ciudad. Era así como un turista.
Ja, ¿«turista»? ¡No! ¡Turista, no! ¡Qué exageración! ¡Si ni siquiera le gustó esa ciudad!
—Este billete es para el camión —decía mientras miraba el interior de la cartera y apartaba con un dedo el billete referido—, y estos otros dos, apenas para sobrevivir esta semana. —Y como no entendiendo lo que acababa de decir, o como aquél que está harto de escuchar, sacó uno de los tres billetes y decidido entró al Oxxo…
—Hola. Bienvenido. ¿Qué va a llevar?
Le gusta entrar a los Oxxos, todos son iguales. Se siente en confianza… como si estuviera cerca de casa.
Al abrir la puerta para salir, hizo una mueca exagerada, fruncía su rostro en un intento de proteger su vista de la luz. Ya era tarde, el sol estaba escondido tras los edificios, y, no obstante, la luz del exterior irritaba sus ojos. «Siempre olvido esas gafas, caray», pensaba mientras abría la cajetilla.
Desde hace unos meses, cada vez que fuma, no ha podido evitar recordar las letras de Guso. Siempre ríe de forma confusa cuando lo recuerda: es ridículo que siempre piense en lo mismo… ridículo, pero le agrada.
[…] se arrojan por mi boca los malos momentos del día.Esas palabras son las que le hacían sonreír. Recordarlas producían un efecto como de «hacerse una limpia», figurativamente hablando.
El camión se detuvo y su puerta se abrió frente a él.
—¿A dónde vas? Bien, son veintisiete pesos.
Sin buscar lugares libres, se quedó en el primer asiento que a simple vista se veía acogedor, y por su amplio tamaño lo invitaba a quedarse ahí.
—Oh. Maldita sea. Olvidé mi libro —dijo para sí mientras se dejaba caer pesadamente sobre el asiento, haciéndose de una vez a la idea de que se quedaría dormido viendo la misma línea intermitente a lo largo de la carretera.
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