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lunes, 9 de mayo de 2022

Dos treinta de la tarde

Dieron las 2:30 de la tarde. Todos apresurados cerrábamos las mochilas, como si pudiéramos por fin fugarnos rápidamente de la escuela. Era tiempo de lluvia. En todas las entradas de los salones se veía a los compañeros apretujados esperando a que el aguacero cesara. A nuestro grupo, que no se caracterizaba por ser el más tranquilo, solo le bastaba con que el más grandulón quisiera salir, para empujar al más despistado hacia afuera y dejar libre el paso. Todos salimos y jugamos a patear el agua de los charcos entre nosotros.

La mayoría de mis compañeros vivía en pueblos cercanos al mío. Uno de ellos, el que más batallaba, todos los días calzaba unas botas de hule: tenía que cruzar un par de cerros para llegar a su casa. Él simplemente no entendía por qué me impresionaba cada vez que me contaba su travesía. Otros cuantos, vivían en dirección opuesta, a ocho kilómetros de distancia. Se pusieron felices cuando en la escuela les regalaron unas bicicletas; sin embargo, no las podían usar porque era imposible pedalearlas con el pavimento mojado.

Apolinar a veces me dejaba montar su caballo. Una vez el terco animal decidió posarse a mitad de la calle. Mi amigo, después de reírse a carcajadas, lo redirigió a la orilla cuando vio mi desesperación al obstruir la vialidad. Solo había un par de coches, pero me pareció a un embotellamiento.

Solía regresar a casa acompañado de Efraín y Enrique. No teníamos nada en común. Me encantaba escucharlos hablar de las muchachas que les gustaban y de la música que estaba de moda, en el pueblo, claro. Yo le contaba a Enrique sobre la que me gustaba a mí. No olvido que al principio me respondía con que ella no era nada agraciada, pero, de tanto que hablé sobre lo encantado que yo estaba, terminó por también gustarle. Después de cierto tiempo, me confesó que la conquistó con una rosa. Diario en las tardes nos vemos en el mirador, comentó. El pobre sufrió mucho de angustia al contarlo, cosa por la que sigo agradecido. Recuerdo que sí me incomodó un poco, pero no lo suficiente como para crear un problema por ello: para entonces, ya me gustaba otra chica. A ella sí que no pude superarla. Me contaron que ya salía con otra persona, razón por la que yo solo me alejé de ella. Conocí el dolor de adolescente y el llanto que conlleva.

Solo me arrepiento de haberme rendido sin nunca haber intentado nada. Años después, cuando vivía ya fuera del pueblo, me dijeron que todavía preguntaba por mí.

lunes, 9 de febrero de 2015

¿Debería quedarme?

De repente, caía de espaldas. Caía. Caía. Caía. Sentía que la vista se me nublaba. Seguía cayendo. Y no era mi visión la que empeoraba, sino que cada vez veía más sombras y más obscuridad. Y yo caía.

El susto se aparecía en mi pecho, reventándomelo, parecía. Ya no podía respirar, ¿cómo llegaba el aire a mis pulmones? Ni idea. Los ojos tan atentos buscando alguna imagen para enfocar. «Tan atentos» no; tan perdidos, desesperados. Desesperado yo. Asustado.

Caía.

Caí.

Abrí los ojos tanto como pude, pero no tardé en recordar que no había nada que ver. Empecé a sentir pesadez. Era miedo. Mi respiración volvió. Esta hiperventilación no me permitía dejar de sentirlo, ese insoportable miedo. ¿Qué me pasó? Cerré los ojos con intención de lograr la calma, pero sin proponérmelo, sentía que oraba. Abrí los ojos y ante ellos había lodo. Ya podía ver. Ya podía sentir. Bajo mis pies había lodo, en mis ropas había lodo, enfrente de mí había una pared de lodo, a mis lados, atrás de mí. ¿Estaba en una tumba?

¡Este miedo no se va!

Empecé a subir como podía. Enterraba las uñas en ese lodazal vertical. Enterraba toda la mano. Los pies los clavaba también. Debía subir.

¡Este miedo no se va!

¡A subir!, ¡por favor no falles!

Sentía lombrices en las manos. ¿Por qué lloraba? Sentía lombrices en los pies. No lloraba; gimoteaba. Sentía lombrices en los brazos. ¡Tenía que llegar arriba!

¡Sentía terror! ¿Por qué no llegaba?

La subida era pesada. Me dolía el cuerpo. Esta agitación era fuerte. Qué sed. Deseaba salir de aquel agujero. Ese agujero era tan profundo como profunda sentía una cavidad en mi pecho. ¿Me estaba quebrando?

¡Salí! ¡Pude salir!

Todo era neblina. Qué frío. El miedo me dominaba. Corría. Escapaba de ese agujero inmóvil. Corría. Algo me corta brazos y piernas como cuchillas. Corría. Un camino lleno de ramas con espinas. No importaba, tenía que correr.

Tropecé.

—No te nos vayas.

¿Y por qué no debería?

La neblina se  despejaba, pero el cielo sigue gris, excepto por un espacio entre las nubes que dan paso a un pequeño rayo de luz que aumentaba de grosor.

—No te nos vayas. Aquí todavía tienes lugar con nosotros. Sabes que te queremos.

¿Qué pasaría si tocara esa luz? ¿Que tengo lugar? ¿Debería quedarme?

Las nubes se despejaban, pero la luz se disipaba.

—La temperatura corporal ha aumentado un grado. El pulso ha elevado. ¡Ha abierto los ojos!

martes, 15 de abril de 2014

Amigo querido

—Pero, madrecita, ya había quedado en ir.
—Ay, muchacho. Solo digo que no vayas hoy, ¿qué no ves las fechas que son? Ten tantito respeto por el Viernes Santo nada más.
—Mira, ya llegaron por mí, no tardaré mucho. Eso de campear de día va a hacer que mis amigos se cansen más rápido, ya verás.

Así, sin afán de seguir discutiendo, besó en la frente a su madre y, apresurado, tomó su mochila y su escopeta mientras se dirigía hacia la camioneta en la que ya estaba completo el grupo de sus jubilosos amigos.


—Ya está la segunda calendarización de cómo estarán distribuidas las vacaciones del resto del personal de enfermería, señorita. Revisé la de usted, y comienzan dentro de ocho días.
—Muchas gracias, doctor. Pero ya le dije como mil veces que soy «señora», y no «señorita»…
—Bueno, eso ya lo sé, pero no me importa. Usted, en primer lugar, es joven y, en segundo, no le voy a estar diciendo «señora» o «enfermera», ¿verdad? Se escucha horrible.


—Ya llevamos varios conejos más el armadillo, vámonos, ya con eso.
—Y yo que quería presumir que cacé venado.
—De esos ya casi no se encuentran. Nada más a alguien se le antoja y se lo comen luego luego.
—Pero eso es por culpa de los de las otras comunidades, que ni siquiera respetan cuando la nuestra pone veda.
—Bueno, ya. Miren, nos alejamos mucho de la camioneta, pero por acá, si seguimos subiendo la ladera, también pasa la carretera, y como no quiero estar cargando todas estas cosas por todo el camino, pues espérenme por este lado, yo llego en cosa de diez o quince minutos.


—La mayoría está de vacaciones en esta semana, y nosotros aquí…
—Bueno, cuando tenga usted sus vacaciones, la mayoría estará trabajando. Así véalo.
—Usted ya lo dice fácil, doctor, porque todo el año se la pasa ya sea aquí en el hospital o en su consultorio.
—Eso sí, pero creo que hay trabajar mucho ahora para descansar mucho después. Ya me veo en unos años…
—Eso no ayuda, doctor.


—¿Ven?, les dije que no tardaría.
—Bien presumido tú porque tienes tu camioneta.
—¿Cuál «presumido»? Yo solo digo que lo que digo, lo cumplo. ¿Y los demás?
—Vienen con calma. Pensaron que tardarías en llegar a tu carro.
—Hay que pasar por unas cervezas, ¿no?… ¡Que se apuren, que hace sed!
—¡Ni que estuviera tan lejos! ¡Corran o los deja… —El sonido de su voz se enmudeció al escuchar el estruendo de un balazo más—.

—¡Hey! ¡Ayúdenme! —Berreó desesperado—. ¡Ayúdenme con Baltasar!


—Por algo usted tenía que estar este día aquí, señorita —dijo casi gritando, mientras jalaba la camilla—.
—¿Qué dice? —Dijo confundida al mirar la escena—.
—Corra —exclamó—, alísteme el cuarto de operaciones.
—Sí, doctor —dijo, mientras ya se dirigía a cumplir con lo ordenado.
—Ayúdeme a pasarlo a la cama de cirugía.
—De acuer… ¡Baal! —Se interrumpió a sí misma al ver a su amigo yaciendo totalmente inconsciente y ensangrentado—. ¡Baal! ¡¿Qué le pasó?!, ¡¿qué le dijeron, doctor?! —Preguntaba insistentemente mientras trataba de detener la hemorragia—.
—Estaba subiendo un declive en el monte, dijo uno de sus amigos, pero por esquivar a una serpiente que lo sorprendió cuando casi la pisaba, se cayó sobre la escopeta y de alguna manera la hizo disparar sobre sí mismo —narró apresurándose a dar asepsia a sus manos y brazos—.
El médico se acercó a la cama y, con un gesto, le indicó a la enfermera asearse también.
—Este hospital no está lo suficientemente preparado para situaciones serias —dijo el médico con desagrado—.
Con este comentario, la enfermera sabía que necesitaba alguna sustancia anestésica, cosa con la que no contaba ese hospital; pero sabía que el doctor contaba con un frasco lleno de ella. La enfermera siempre se reía de los menjurjes del médico, pero esta vez se sentía tan agradecida por la visión que el médico poseía.
Rápidamente revisaron las heridas internas del paciente:
—Uy, no —aunque con exclamo, el médico lo dijo con gran delicadeza—. Tiene el abdomen destrozado —dijo mirando severamente el vientre del paciente—. Atienda aquí, regreso en seguida.
Ella seguía con la mirada al médico que salía apresurado del cuarto de cirugía. El hospital, precisamente por ser de pueblo, no era uno grande; por esa razón, la enfermera podía escuchar los comentarios que se hacían en la sala de espera.
—¿Llamaron a algún familiar?
—Sí, doctor. Yo soy madre de Baltasar.
—No tengo tiempo para dar explicaciones si lo que le propongo procederá. Su hijo está mal y empeora a cada segundo. Le pido su autorización para intervenirlo. No contamos con todo el material necesario, por eso es altamente peligroso. Escúcheme: si no lo operamos, muere; si lo operamos, también puede morir. Usted decide qué hacer.
La enfermera sintió que se le cerraba la garganta de tristeza, pero en seguida se llenó de adrenalina al escuchar la respuesta:
—¡Sí, doctor! ¡Opérelo!, ¡opérelo! Yo voy a rezar mientras usted está ahí adentro. ¡Opérelo!, lo va a salvar.
—Bien —dijo secamente, mientras regresaba al cuarto de cirugía decidido a actuar—.
El médico empezó a intervenir al paciente, y la enfermera se dedicaba solo a obedecerlo en todo lo que pedía. El médico hurgaba entre los intestinos quitando cada agente contaminante del paciente, atendiendo cada una de las heridas que hallaba. La enfermera pensaba que eso era lo peor que viviría en toda su vida, temblaba de miedo y de angustia, pero, al tratarse de un ser querido, hacía lo posible para no actuar lerdamente ni entorpecer el proceso. El médico parecía completamente seguro de lo que hacía, solo su sudor hacía parecer lo contrario, pero la enfermera enseguida removía esa transpiración y entonces todo iba bien.
—Señorita, usted párese justo aquí, detrás del torso del paciente. Sujételo así —le indicó cómo debía inmovilizarlo. Así lo hizo la enfermera—. Muy bien. Yo sujetaré sus piernas. Por ninguna razón se atreva a menguar sus fuerzas, sosténgalo enérgicamente —así lo hacía, pero, más que eso, ella sentía que lo abrazaba, que lo sujetaba para no dejarlo ir, que no se le fuera de su vida: lo detenía de todo—. ¿Lista?
—¡Lista! —Respondió y apretó con más fuerza—.
—¡Ahora! —Gritó enérgicamente el médico y empezó a sacudir de izquierda a derecha las piernas del paciente. Ese movimiento fue muy continuo que se convirtió en un zangoloteo por lo violento que parecía ser—. Hasta ahí —se detuvo y lo recostó nuevamente—.
—¿Qué acaba de hacer?
—Acabo de hacer que se acomodaran sus tripas —dijo toscamente, estaba agotado, no podía ni pensaba en ser cortés—. Lo que pase de ahora en adelante, dependerá de la reacción de su organismo. Cerremos, pues, el trabajo concluyó.


—¿Se va a poner bien, doctor?
—Mire, señorita, no lo sé. Ya váyase.
—¿Que me vaya?
—¿Recuerda que sus vacaciones serían en una semana? Yo se las muevo y se las brindo desde ahorita. Faltará toda esta semana y la repondrá en la siguiente. Quiero que se vaya y no la quiero encontrar cerca de este hospital por todo este tiempo. Ande, descanse. Dese un respiro.


«No puedo estar así. El doctor tiene razón, necesito no pensar en esto», pensaba mientras preparaba maletas. «Tengo que respirar y aprovecharé que mi hija está en plenas vacaciones para que se divierta lo que no ha podido divertirse».
Entonces, por una semana completa estuvieron en la ciudad, visitando a familiares que allá residían, paseando y respirando.


—Buenos días, señorita. Llegó mucho antes de su hora de entrada.
—Lo sé, doctor. Buenos días. Dígame…, ¿Baal sigue…
—¿«Vivo»? —Interrumpió el médico—.
—S… sí —titubeó—.
—Claro que sigue vivo —respondió alegremente—. Vaya a verlo, su madre está con él.
Sin dudarlo, se puso en marcha a saludarlo. Abrió la puerta y lo vio como la última vez: con sus ojos cerrados y no sabiendo que ella estaba cerca. Miró alrededor y, entonces, la madre y ella cruzaron miradas.
—Mijita…, no sabes cuánta falta hiciste aquí —le dijo, mientras se levantaba para recibirla con un abrazo—.
—Lo sé. El doctor, al ver cómo estaba, me prohibió acercarme todo este tiempo.
—Ya lo imagino, pero mi hijo sí sabe que estuviste aquí. En cuanto despertó, le dijimos que tú estabas en su operación, pero te tuviste que ir.
—¿Entonces qué dijo?
—Casi no podía hablar. Pero se sintió conforme y contento por el hecho de que habías estado allí. Pero hubieras visto, mija, hacías falta aquí.
—¿Qué pasó, señora?
—Estuvo inconsciente tres días, pero parecía que iba a despertar, pero no lo hacía. Te nombraba, Cruz.
—¿Me nombraba?
—Sí, mijita, te nombraba. Sólo pensaba en su amiga: «Crucita…», decía, «Crucita…, ¿en dónde andas?», insistía.
—Ay, Baal, no sabes cómo me pusiste cuando te trajeron —más que decirle a él, se lo decía a sí misma por llenarse de angustia—.


Las horas laborales ya habían comenzado y, mientras trabajaba, esperaba ansiosa a que su amigo despertara.
—Enfermera, un paciente pide verla.
—¿Es el paciente Baltasar?
—Así es.
—Muchas gracias —respondió emocionada—.
—Nunca había tenido sueños tan pesados como en estos días —dijo con una voz apenas entendible por la boca tan seca que tenía—.
—¡Baal! —Exclamó totalmente eufórica, mientras lo abrazaba con frenesí—.
—¡Crucita!, ¡aquí estás!
Tan feliz se sentía ella, que, no importando nada, lo miró, y oprimió sus labios con los de él y lo volvió a abrazar.


—No es historia de amor de pareja, es una historia de amor de amigos. Es una historia de amistad verdadera que me gusta recordar.
—¿Y qué pasó con Baal, mamá? No lo he conocido, y, de ser así, no lo recuerdo.
—Eras muy niña cuando lo conociste, mija, sé que no lo recuerdas. Encontró trabajo en la ciudad. Ya no volvió.
—¿Pero por qué no?
—Él era muy humilde. Sabes que si uno es humilde no puede estar viajando constantemente. Tal vez allí se quedó a trabajar. Tal vez allá se casó. Él se fue bien, se fue sano. Yo lo recuerdo vivo y feliz.

sábado, 27 de octubre de 2012

Destruyendo y creando opiniones

Otro día de clases, otro día normal… Ella miraba al grupo, perdiendo el interés constantemente, haciendo foco asiduamente en distintas direcciones. En realidad había alguien en quien sí tenía interés, pero ella no lo quería aceptar, así que intentaba atribuirle interés a otras personas, pero, por más que quería, no lo lograba.

—Hola —dijo él, quien siempre, sin querer, lograba aparecer de repente sin que ella lo notara—. ¿Puedo hacerte compañía? —La pregunta fue hecha por mera cortesía, pues él, habiendo tomado la decisión, ya estaba sentándose a su lado—.
—Deja de hacer eso. Sabes que me molesta que hables sin que me dé cuenta de que te has acercado.
—¿Entonces qué?, ¿quieres que alguno de mis lacayos te anuncie mi llegada cuando esté en camino?

Ella lo miró como con desprecio, pero en realidad fue el primer gesto que se le ocurrió hacer como respuesta a lo que él dijo; no sabía si reír o no, pues en el fondo esos comentarios sí le causaban gracia.

Entre ellos, de manera no consciente, se manifestaba una competencia de egos: ella demostraba un tanto su repudio hacia él porque no toleraba que alguien fuera «arrogante», también demostraba un tanto su aceptación hacia él porque, aunque sólo los tontos son los que suelen ser arrogantes, él, por alguna razón, no lo era, sino que daba señales de ser muy interesante y muy inteligente también. Siempre ocurría algo que cambiara las cosas; por ejemplo, si a ella él le empezaba a parecer una excelente persona, él decía un comentario altanero, que usualmente solía ser acerca de la inteligencia de las personas; si él todo un día se mostraba irritante, repentinamente sorprendía con muestras de buenos modales y cortesía.

«¿Te gusto?», le escribió él en una nota. «Desgraciado. ¿Qué se cree? Ya se había tardado, sólo vino a fastidiarme el maldito», pensaba ella mientras respondía la nota. «¡Ja! ¿El que se cree guapo no vino?». Ella esperaba una respuesta a lo que le había respondido, quería ver cuál era la intención de él al querer molestarla; «él siempre tiene una intención al fastidiar a la gente», solía pensar ella al observarlo con otras personas. No obstante, al mirarlo atentamente, observó que él, al leer la nota, arqueó la ceja, respiró profundo y se levantó de aquel asiento. Ella lo vio alto y notó que ya no la voltearía a ver. Cuando él estuvo por dar su primer paso para irse, ella por alguna razón supo que si lo dejaba ir, se podría arrepentir, así que cuando pudo darse cuenta, tenía ya sus manos agarrando la manga de su saco. Él se detuvo sorprendido, se sonrojó sin perder la postura, y, sin mirarla, ocupó nuevamente el asiento. Ella giró el papel y apuntó con la mano temblorosa: «Sí, me gustas». Ella lo observó mirando la nota por varios segundos, pensó otra vez que él sólo vino a molestarla y había logrado lo que quería con esa respuesta; en realidad, lo que pasaba por la mente de él era alegría y temor combinados: se estaba dando el valor para decirle algo importante…

Comenzó a escribir y ella curiosamente pudo leer las primeras palabras: «Te propongo lo siguiente…». Al leer tales palabras, ella sospechó que sería algo muy interesante y decidió esperar a que terminara de escribir su idea y mientras no pudo evitar observarlo. «Siempre tiene esa maldita mueca en la boca: no sé si estará molesto y siempre por eso busca hacer lo que suele hacer o si estará sonriente por la misma razón», comenzó a divagar mientras él parecía titubear al son de su escritura. Él le entregó la nota y la observó fijamente. «Te propongo lo siguiente —decía la nota—: te propongo la facilidad de descubrir cada uno de mis defectos», ella sonrió, pensando que leía una misiva atascada de soberbia, «si tú, a cambio, me dejas contar cada una de tus virtudes». Ella se sorprendió sobremanera, apenas iba a pensar qué responderle cuando vio su mirada, que no era la usual, la retadora; era más bien como expresiva, sí…, expresaba cariño. Ella estaba a punto de escribir, cuando él le susurró:

—Te propongo que nos amemos…

viernes, 30 de septiembre de 2011

Marco

—Anda, ya vete.
—Ya no quiero irme, me siento tan bien aquí.
—Todavía no perteneces a lo nuestro.
—¿Qué tengo que hacer?
—Vete ya…

—Embotellamientos aquí y allá…
—¿Qué hora es?
—Esto se debe a la tremenda granizada que apareció durante la madrugada.
—¿Y mi reloj?
—¡Hace un frío tremendo!
—Ah, ¡por fin! —Gritó mientras se caía de la cama—.  ¡Las seis treinta! ¡Llegaré tarde a la escuela!
—Por favor, amigos conductores, tengan muchísimo cuidado. Ahora escuchemos el nuevo sencillo de…

Así es como Marco empezaba su día, uno entre tantos otros, pero, aun así, uno diferente.

—¡Taxi! —Marco trataba de aguantar el frío de la mañana mientras esperaba—. A la universidad, por favor.
—¡Qué frío, ¿verdad, joven?!
Marco no contestó. Tenía la mente distraída, no sabía en qué, pero ya no se sentía él mismo. Estaba acostumbrado siempre a platicar con todos y acerca de cualquier tema, y, sin embargo, en esta ocasión no estaba dispuesto a responder  sobre cosas nimias ni obvias.
—Son treinta y cinco pesos.
—¿Eh? Sí, aquí tiene —Así, pues, se dirigió a su salón de clases sin, siquiera, mirar a sus amigos (algo que jamás en la vida haría).
—Muy buenos días, jóvenes —exclamó el profesor—. Qué bueno verlos en clase no importando el clima que hace.
Muchos rieron entre dientes.
—¡Marco!, andas muy distraído. Tú pasarás primero. Sí estudiaste tu tema, ¿verdad?
Marco nunca estudiaba lo que los profesores le pedían, pero él era autodidacta para muchísimas otras cosas de su interés. Daba la casualidad que, sin querer, el tema lo dominaba a la perfección. Él no suele ser muy elocuente, pero quizá por el hecho de que su mente estuviera "flotando", quizá por eso, tuvo una tremenda facultad para expresarse, ni siquiera lo notó, él ya quería irse, y apenas acababa de llegar.
—¡Excelente, Marco!, tu nota es un diez —le dijo mientras ya la estaba escribiendo en su lista—. ¿Alguien tiene alguna duda? —Se dirigió hacia al grupo.
Obviamente nadie la tendría, la explicación fue un deleite para todos, hasta para la típica niña que se dormía en clases.
Marco se dirigió hacia su asiento, de alguna manera se sentía perturbado, pero no sabía por qué. Noel, su compañero, era el siguiente en exponer. Marco siempre ha odiado escuchar a sus compañeros, sin embargo lo hacía, los escuchaba atentamente, pues son sus compañeros. Esta vez sería la excepción, no está dispuesto a perder su tiempo con una bola de ignorantes. Entonces, sacó discretamente su libro, y comenzó a leer, olvidando que había vida a su alrededor; bueno, la vida real está entre las hojas del libro que lee. «Aquí la gente es gente, y no máquinas de apariencias ni costumbres», pensaba mientras leía.
—Muy bien, chicos —dijo el profesor—, la sesión ha terminado. Los espero mañana con el ensayo que les encargué hace unos días.
La siguiente clase sería inglés, que por cierto es la favorita de Marco. A Marco le encanta aprender todo idioma posible. Pero en esta ocasión, él no quería estar tan rodeado de gente. Marco guardó su libro en la mochila y sacó un reproductor de música y sus audífonos. Se fue a su café preferido escuchando a Vicente Gayo. ¡Qué antojo de un moka!

—Hola —saludó una muchacha a Marco.
—Hola —contestó, sin prestarle mucha atención.
—¿Por qué no pruebas el té Chai?, está buenísimo en verdad —ahincó la muchacha esperando a que él la mirara.
—Demasiado tarde, pero gracias —dijo mientras escogía otra pista de audio.
—Hace mucho que no te veía —suspiró.
—¿Qué dices? —Dijo con extrañeza mientras se quitaba los audífonos—. ¡Brenda!, ¡Brenda! —Exclamaba mientras se ponía de pie y abría los brazos para recibirla con afecto—. Maravilloso. Qué bueno es verte.
—Hola, Marco —decía mientras recibía el abrazo—. Tanto tiempo.
Entre ellos había una extraña amistad. Ninguno de los dos sabía en dónde vivía el otro, pero, aun así, eran excelentes amigos. Lo único que sabían de sí eran sus números del celular, pero Marco siempre perdía cada móvil que tenía en manos; así que fue imposible comunicarse más, hasta ahora.
En este café se conocieron, aquí se besaron, se abrazaron, se dieron afecto, bromearon, lloraron y jugaron ajedrez.
Cuatro horas pasaron para que se pusieran al tanto de sus vidas y, sin quererlo, se enamoraran por el solo hecho de sentir que se necesitaban desde siempre. Brenda le dijo que quería viajar por todo el país, explorarlo e investigarlo hasta el fin sin tener un solo centavo. A Marco le pareció maravillosa la idea, Brenda con un gran placer lo invitó a que se uniera. Tan locos los dos que ese mismo día se fueron…

Vivieron felices por mucho tiempo. Hicieron el amor en lugares solitarios, en lugares públicos, en la playa y en la montaña; conocieron los lugares más hermosos del país; y conocieron a la gente más extremista de todas. Sus vidas fueron de lo mejor, y, quizá, murieron atropellados… No lo sé, yo me voy a dormir, pues es muy tarde.