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lunes, 9 de febrero de 2015

¿Debería quedarme?

De repente, caía de espaldas. Caía. Caía. Caía. Sentía que la vista se me nublaba. Seguía cayendo. Y no era mi visión la que empeoraba, sino que cada vez veía más sombras y más obscuridad. Y yo caía.

El susto se aparecía en mi pecho, reventándomelo, parecía. Ya no podía respirar, ¿cómo llegaba el aire a mis pulmones? Ni idea. Los ojos tan atentos buscando alguna imagen para enfocar. «Tan atentos» no; tan perdidos, desesperados. Desesperado yo. Asustado.

Caía.

Caí.

Abrí los ojos tanto como pude, pero no tardé en recordar que no había nada que ver. Empecé a sentir pesadez. Era miedo. Mi respiración volvió. Esta hiperventilación no me permitía dejar de sentirlo, ese insoportable miedo. ¿Qué me pasó? Cerré los ojos con intención de lograr la calma, pero sin proponérmelo, sentía que oraba. Abrí los ojos y ante ellos había lodo. Ya podía ver. Ya podía sentir. Bajo mis pies había lodo, en mis ropas había lodo, enfrente de mí había una pared de lodo, a mis lados, atrás de mí. ¿Estaba en una tumba?

¡Este miedo no se va!

Empecé a subir como podía. Enterraba las uñas en ese lodazal vertical. Enterraba toda la mano. Los pies los clavaba también. Debía subir.

¡Este miedo no se va!

¡A subir!, ¡por favor no falles!

Sentía lombrices en las manos. ¿Por qué lloraba? Sentía lombrices en los pies. No lloraba; gimoteaba. Sentía lombrices en los brazos. ¡Tenía que llegar arriba!

¡Sentía terror! ¿Por qué no llegaba?

La subida era pesada. Me dolía el cuerpo. Esta agitación era fuerte. Qué sed. Deseaba salir de aquel agujero. Ese agujero era tan profundo como profunda sentía una cavidad en mi pecho. ¿Me estaba quebrando?

¡Salí! ¡Pude salir!

Todo era neblina. Qué frío. El miedo me dominaba. Corría. Escapaba de ese agujero inmóvil. Corría. Algo me corta brazos y piernas como cuchillas. Corría. Un camino lleno de ramas con espinas. No importaba, tenía que correr.

Tropecé.

—No te nos vayas.

¿Y por qué no debería?

La neblina se  despejaba, pero el cielo sigue gris, excepto por un espacio entre las nubes que dan paso a un pequeño rayo de luz que aumentaba de grosor.

—No te nos vayas. Aquí todavía tienes lugar con nosotros. Sabes que te queremos.

¿Qué pasaría si tocara esa luz? ¿Que tengo lugar? ¿Debería quedarme?

Las nubes se despejaban, pero la luz se disipaba.

—La temperatura corporal ha aumentado un grado. El pulso ha elevado. ¡Ha abierto los ojos!

martes, 23 de abril de 2013

Te agradezco, individuo

No sabes cuán agradecido estoy contigo, individuo, por todo lo que aprendo gracias a ti.
Doy gracias al hecho de que repliques automáticamente a cualquier cosa que se te diga, sin permitirte digerir el significado de lo que originalmente se te quiere transmitir. La mecánica instintiva de tu respuesta al medio te maneja a su antojo.
Te expreso mi agradecimiento por hacerme ver que tu encerramiento en el físico y tu esencia atrapada en el ego lo es todo para ti, es tu libertad entera. Alguien dijo que el hombre se conoce por sus sueños, y yo le creo. Creo que esos sueños son recuerdos traídos para ser estudiados por nuestra consciencia.
Qué bueno, individuo, que dices amar, pero no amas. Qué bueno que anuncias cuánto amor puedes ofrecer, pero no lo haces. Qué bueno que con tus palabras tan bonitas creas un cielo infinitamente hermoso, pero con tus acciones no das ni para tejer alas.
Gracias por permitirme saber a cuántas cosas les das importancia. Sé que en la vida debes tener miríadas de cosas importantes, ¿pero qué sería lo primordial en ella?, ¿cómo hacer que tu vida sea trascendente? El confort hace que sigamos con el rol de dadores de valor a lo que nos rodea, pero cuando realmente surja la urgencia interior de saber…, de concienciar: ¿qué harás?, ¿estás dispuesto a un cambio radical como lo único importante en la vida?
Me asombra cómo crees desarrollar tu consciencia, desenvolviendo únicamente tu centro intelectual, desdeñando tu medio. Sorprende que no te dé alegría despertar y recibir la luz del sol, de manera que entre a tu cuerpo, sintiéndolo cómo pasa a través de tus dedos, recorriendo tus manos y brazos para inundar tu organismo y, de esta manera, estimular tu consciencia.
Es interesante ver cómo es que le profesas admiración a la divinidad propia de un solo individuo, pero ignoras totalmente a la tuya, creyendo que así puedes ser rescatado de tu propia mundanidad, que sólo se atiene a la mecánica de la naturaleza universal.

Gracias por dejarme aprender de ti…, por dejar que me refleje en ti…, por incitarme a eliminar todos esos defectos que me hunden en la involución de mi esencia. Gracias por dejarme brillar.