—Le vamos a hacer una misa a tu tío.
—Mamá, ¿irá a bajar del cielo?
—Sí, hija. Va a bajar.
—¿Y podrá regresar de nuevo?… Seguro está muy bien agarrado para no caerse.
martes, 19 de julio de 2016
jueves, 14 de abril de 2016
Boleador y lluvia
Aunque hoy ha sido un gran día, anda por las calles cabizbajo. Uno podría decir que luce agobiado, él va disfrutando: cierra los ojos, respira hondo, camina despacio y se concentra en sentir el aire.
El ruido en la plaza logra distraerlo, abre los ojos y ve unos zapatos empolvados. Alza la mirada: unos sentados en los jardines, otros yendo hacia diversas partes, otro más, trabajando. De entre los boleadores, todos ávidos de encontrar zapatos en los pies de tanta gente que ahora solo usa tenis, encuentra a un anciano que no mira los pies, sino los rostros, y que se apacigua con ello.
—¿Cuánto por el servicio de boleo?
—Quince pesos, joven.
Con esmero, el hombre comenzaba desatando y quitando las agujetas, lavando el calzado, engrasándolo… Mientras tanto, platicaba con sus amigos, esos que bajan desde el barrio únicamente para conversar de lo mismo cada cinco minutos —porque, de hecho, el servicio se prolongó más de quince minutos, la dedicación fue tanta, que la paciencia no solo era opción, sino el único recurso—. Los ancianos solo deseaban convivir, sentados en la jardinera, todos viendo pasar a la gente, viendo pasar el tiempo.
Caen un par de gotas, sendas para el cliente y para el boleador.
—Lloverá, ¿se estropearán los zapatos?
—Estos zapatos quedarán tan bien presentados, que quién sabe cuándo lo vuelva a ver. Qué bueno que va a llover, ya hacía falta.
—¿Por qué?
—Hacía falta porque la lluvia lava la ciudad, lava las calles, crece lo verde, nos lava a nosotros, nos limpia: nos quita tanta enfermedad.
El señor ataba las agujetas, guardaba el material y se ponía de pie.
—Está servido.
La lluvia aumentaba su densidad, la gente corría, las tiendas cerraban. Él se lavaba.
El ruido en la plaza logra distraerlo, abre los ojos y ve unos zapatos empolvados. Alza la mirada: unos sentados en los jardines, otros yendo hacia diversas partes, otro más, trabajando. De entre los boleadores, todos ávidos de encontrar zapatos en los pies de tanta gente que ahora solo usa tenis, encuentra a un anciano que no mira los pies, sino los rostros, y que se apacigua con ello.
—¿Cuánto por el servicio de boleo?
—Quince pesos, joven.
Con esmero, el hombre comenzaba desatando y quitando las agujetas, lavando el calzado, engrasándolo… Mientras tanto, platicaba con sus amigos, esos que bajan desde el barrio únicamente para conversar de lo mismo cada cinco minutos —porque, de hecho, el servicio se prolongó más de quince minutos, la dedicación fue tanta, que la paciencia no solo era opción, sino el único recurso—. Los ancianos solo deseaban convivir, sentados en la jardinera, todos viendo pasar a la gente, viendo pasar el tiempo.
Caen un par de gotas, sendas para el cliente y para el boleador.
—Lloverá, ¿se estropearán los zapatos?
—Estos zapatos quedarán tan bien presentados, que quién sabe cuándo lo vuelva a ver. Qué bueno que va a llover, ya hacía falta.
—¿Por qué?
—Hacía falta porque la lluvia lava la ciudad, lava las calles, crece lo verde, nos lava a nosotros, nos limpia: nos quita tanta enfermedad.
El señor ataba las agujetas, guardaba el material y se ponía de pie.
—Está servido.
La lluvia aumentaba su densidad, la gente corría, las tiendas cerraban. Él se lavaba.
viernes, 1 de abril de 2016
Cómo decir “gracias”
Cuando queremos decir la palabra “gracias”, fonéticamente se escucha como /gras(e)s/. Por ese motivo, para poder ser claros al pronunciarla, uno debe forzar las comisuras de los labios a extenderse para que los sonidos de la i y de la a suenen claro, de tal manera que pareciera que sonreímos a nuestro interlocutor.
Eso es mérito para uno porque, además de ser cortés por el mismo hecho de agradecer, nos toman por gentiles y agradables, lo que conlleva a una sutil preferencia por nosotros.
Eso es mérito para uno porque, además de ser cortés por el mismo hecho de agradecer, nos toman por gentiles y agradables, lo que conlleva a una sutil preferencia por nosotros.
jueves, 3 de marzo de 2016
Gran reino pequeño
Durante las primeras horas de la tarde hay un sol tan radiante que hasta juraría que todo a la vista no podría ser más claro. Todo aparece magnífico a la vista: una iglesia con una fachada blanca y reluciente, que diría yo es toda hecha de mármol, de no saber antes que está compuesta sin embargo de cantera; frente a ella, una cebra peatonal, ya desgastada, pero con unas manchas amarillas saturadísimas e iluminadísimas, que el contraste con el pavimento negro las hacía ver intencionalmente dibujadas de esa manera; un árbol asomándose por el filo de una barda desde el interior de una propiedad, cuyo follaje, manchado por la contaminación del constante tránsito vehicular, aparecía con un verde intensamente vivo, irguiéndose a lo alto, como queriendo alcanzar el totalmente limpio e inmenso cielo azul.
Al cruzar la calle y andar en la banqueta, se pierde repentinamente la claridad de lo visible y se adentra en una sombra profunda, que da la ilusión de pasar a un lugar distinto del que se caminaba. Se ofusca la vista, pero vuelve a la normalidad al pasar el encandilamiento. Un establecimiento de revistas extendido a más de lo que el puesto ocupaba en cuanto a espacio era lo que producía el refugio a tan incesante luz solar. Tablas sobrepuestas en cubetas y lazos de cuatro metros son improvisados como mostradores para su mercancía. Sobre el apartado de manualidades, una radio portátil empolvada haciendo sonar una melodía de algún tenor que seguramente no conozco; un poco más allá, un cenicero con contenido desbordando sobre los periódicos; y, al fondo, un señor corpulento, más bien gigantesco porque, incluso sentado, alcanzaba la estatura de quien está de pie. Su antebrazo derecho recargado sobre el muslo, y su pesada mano izquierda, sosteniendo un cigarrillo, difícil de notar por el grosor de sus dedos, recargada sobre la rodilla; una mirada atenta, penetrante, esperando alguna acción, pendiente, pero amenazadora según como la descifra el observado.
El tenor realiza un falsete, el viento sopla y la sombra fresca congela el aire, la mirada obstinada… todo crea tensión y el conocimiento de que ese espacio no es de cualquiera, sino del que posee su atmósfera tan acondicionada ocasiona que se advierta el tiempo de abandonar: salir a luz dura que invisibilizará todo aquello que dentro de la sombra se encuentre.
Al cruzar la calle y andar en la banqueta, se pierde repentinamente la claridad de lo visible y se adentra en una sombra profunda, que da la ilusión de pasar a un lugar distinto del que se caminaba. Se ofusca la vista, pero vuelve a la normalidad al pasar el encandilamiento. Un establecimiento de revistas extendido a más de lo que el puesto ocupaba en cuanto a espacio era lo que producía el refugio a tan incesante luz solar. Tablas sobrepuestas en cubetas y lazos de cuatro metros son improvisados como mostradores para su mercancía. Sobre el apartado de manualidades, una radio portátil empolvada haciendo sonar una melodía de algún tenor que seguramente no conozco; un poco más allá, un cenicero con contenido desbordando sobre los periódicos; y, al fondo, un señor corpulento, más bien gigantesco porque, incluso sentado, alcanzaba la estatura de quien está de pie. Su antebrazo derecho recargado sobre el muslo, y su pesada mano izquierda, sosteniendo un cigarrillo, difícil de notar por el grosor de sus dedos, recargada sobre la rodilla; una mirada atenta, penetrante, esperando alguna acción, pendiente, pero amenazadora según como la descifra el observado.
El tenor realiza un falsete, el viento sopla y la sombra fresca congela el aire, la mirada obstinada… todo crea tensión y el conocimiento de que ese espacio no es de cualquiera, sino del que posee su atmósfera tan acondicionada ocasiona que se advierta el tiempo de abandonar: salir a luz dura que invisibilizará todo aquello que dentro de la sombra se encuentre.
lunes, 9 de noviembre de 2015
No sé qué es
Algunas veces al respirar se activan mis recuerdos y claramente puedo oler tu aroma.
Si eso no es extrañar, yo no sé qué es.
Si eso no es extrañar, yo no sé qué es.
domingo, 11 de octubre de 2015
No vivir para vivir
No se trata ni de amor ni desamor, solo de no amor. No se trata de estar viviendo en ese momento, sino de conseguir dinero para vivir después. Porque así es más fácil vivir de verdad, ¿cierto?
Este lugar aburre. O al menos tratamos de pensar que es así, para no dar pie a ideas peores que provoquen mayor desesperanza. Día a día es exactamente lo mismo, pero también cada día se siente menos. Creer eso facilita las cosas. Es que las reacciones son las que disminuyen, se muestran con menor frecuencia, y únicamente nos queda ahogar toda esa repulsión que podría ser gritada a la menor provocación.
Todos aquí encontramos un escape: algunas personas creemos que vale más el dinero y lo que se puede hacer con él que solo lo que somos y el cuerpo que portamos; otras personas creen que es todo lo contrario, y que con el dinero pueden encontrar el valor del cuerpo que pudieron encontrar y poseer, mas no tener.
Esta repulsión reprimida hace pensar en aquellos con dinero como animales que lo botan adonde sea para recibir lo que en la cotidianidad no encuentran y satisfacer esos instintos más primitivos. Y como ese dinero es realmente valioso, hay que recogerlo regalando sonrisas, esas que no salen del alma, esas que hacen que nos duela el rostro por ser expresiones antinaturales.
No es de interés de nadie saber por qué razón respiran esas cosas, pero aquí vamos a preguntarles dónde viven y otras cosas que los hagan sentir importantes. Todo lo que reciban hará que se derramen esos billetes.
Cuando estos animales comienzan a querer contacto físico, a besar, solo queda cerrar los ojos para imaginar que en su lugar está alguien más, alguien real, y para que, por alguna razón, crean que ellos son los únicos que nos hacen sentir bien y sientan que pertenecen a alguna parte. Pero aquí solo pertenece su dinero, ellos no, ellos se acabarán yendo, el dinero se queda. No pertenecen a ninguna parte. Saben que son rechazados, saben que nadie los quiere. No es que sean rechazados por ser feos, por tener problemas óseos, por deformidades; sino que también su alma está podrida, su forma de pensar es horrible y su visión del mundo es tan cerrada, que no cabe nadie más en ese inmundo ritmo de vida.
Sabemos de su animalidad, la entendemos. Nos exponemos para atraer miradas, para que la atención esté en los cuerpos y no en la protección de sus carteras. Hay música de fondo y, aunque no sepamos siquiera bailar, nos movemos simulando contoneos que incitan las miradas más penetrantes de estos espectadores. Cuando una persona se sabe vender, también se sabe mostrar. Es bochornoso, es tiempo de no ver a nadie, de desviar la mirada, de quitarse la ropa tratando de no saber quiénes fueron los que centraron su atención.
Están en un punto en el que piden estimulación. Porque estos animales están tan concentrados en lo que sienten, hay oportunidad de relajar el rostro y quitar esa sonrisa tan lastimera, de mirar a otras partes tratando de imaginar que uno no está ahí, que no existe. Se hace lo que se pide. Que el cuerpo se muestre feliz, aunque haya un nudo en la garganta que desgarre nuestra integridad.
Al amanecer, unos intentarán recordar; otros, tratar de vivir.
Este lugar aburre. O al menos tratamos de pensar que es así, para no dar pie a ideas peores que provoquen mayor desesperanza. Día a día es exactamente lo mismo, pero también cada día se siente menos. Creer eso facilita las cosas. Es que las reacciones son las que disminuyen, se muestran con menor frecuencia, y únicamente nos queda ahogar toda esa repulsión que podría ser gritada a la menor provocación.
Todos aquí encontramos un escape: algunas personas creemos que vale más el dinero y lo que se puede hacer con él que solo lo que somos y el cuerpo que portamos; otras personas creen que es todo lo contrario, y que con el dinero pueden encontrar el valor del cuerpo que pudieron encontrar y poseer, mas no tener.
Esta repulsión reprimida hace pensar en aquellos con dinero como animales que lo botan adonde sea para recibir lo que en la cotidianidad no encuentran y satisfacer esos instintos más primitivos. Y como ese dinero es realmente valioso, hay que recogerlo regalando sonrisas, esas que no salen del alma, esas que hacen que nos duela el rostro por ser expresiones antinaturales.
No es de interés de nadie saber por qué razón respiran esas cosas, pero aquí vamos a preguntarles dónde viven y otras cosas que los hagan sentir importantes. Todo lo que reciban hará que se derramen esos billetes.
Cuando estos animales comienzan a querer contacto físico, a besar, solo queda cerrar los ojos para imaginar que en su lugar está alguien más, alguien real, y para que, por alguna razón, crean que ellos son los únicos que nos hacen sentir bien y sientan que pertenecen a alguna parte. Pero aquí solo pertenece su dinero, ellos no, ellos se acabarán yendo, el dinero se queda. No pertenecen a ninguna parte. Saben que son rechazados, saben que nadie los quiere. No es que sean rechazados por ser feos, por tener problemas óseos, por deformidades; sino que también su alma está podrida, su forma de pensar es horrible y su visión del mundo es tan cerrada, que no cabe nadie más en ese inmundo ritmo de vida.
Sabemos de su animalidad, la entendemos. Nos exponemos para atraer miradas, para que la atención esté en los cuerpos y no en la protección de sus carteras. Hay música de fondo y, aunque no sepamos siquiera bailar, nos movemos simulando contoneos que incitan las miradas más penetrantes de estos espectadores. Cuando una persona se sabe vender, también se sabe mostrar. Es bochornoso, es tiempo de no ver a nadie, de desviar la mirada, de quitarse la ropa tratando de no saber quiénes fueron los que centraron su atención.
Están en un punto en el que piden estimulación. Porque estos animales están tan concentrados en lo que sienten, hay oportunidad de relajar el rostro y quitar esa sonrisa tan lastimera, de mirar a otras partes tratando de imaginar que uno no está ahí, que no existe. Se hace lo que se pide. Que el cuerpo se muestre feliz, aunque haya un nudo en la garganta que desgarre nuestra integridad.
Al amanecer, unos intentarán recordar; otros, tratar de vivir.
lunes, 4 de mayo de 2015
Polifacética
Y sé que te adoro en cada faceta tuya: te adoro seria, te adoro distraída, te adoro concentrada, te adoro sonriendo, te adoro riendo, te adoro mirando y te adoro cerrando los ojos.
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